Sobre el Dominio del Viento - La Creación

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Sobre La Creación
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Sobre el Dominio del Viento
 
 
 Muchos querrían ser él, la envidia es algo natural, y desear lo que él representaba era comprensible. Pero muy pocos entendían la grandeza de su poder como la consecuencia del peso de sus responsabilidades; tenía la fuerza necesaria para cumplir con la tarea que gravaba sobre su existencia.
 
Decían de él que era vanidoso, voluble y caprichoso; terrible en su furia. Y era todo cierto. No era culpa suya si sus dones eran los más preciados de La Creación, él no los pidió, sencillamente le fueron donados.
 
 La libertad, por encima de todas las cosas, nada ni nadie podía retenerlo, iba donde deseaba y no había obstáculo capaz de detenerlo. Siempre encontró gran placer en aceptar los desafíos que le proponían; y siempre salió victorioso.
 
 Su fuerza era irresistible. Capaz de desencadenar todo su poder en un solo punto con tal potencia que nada podía oponérsele. Había abatido a todos aquellos seres que en alguna ocasión lo habían desafiado, siempre había quien se pensaba capaz de derrotar su poder; y él probaba verdadero placer en someter la voluntad de aquellos engreídos que, equivocados, pensaban que podían vencerle. Quizá fuese un comportamiento mezquino, orgulloso, engreído; era verdad, pues no necesitaba demostrar su superioridad, esa era demasiado evidente. Pero no podía evitar permitir que algunos creciesen con la idea de haberlo superado, para, llegado el momento, demostrarles cuánto se equivocaban. Sabía sembrar el terror en el corazón de los que acababan doblegados ante su furia. Eso le había dado la fama de terrible. Y aunque cierto, no era la única verdad sobre él. Era solo una parte. No el todo.
 
 También sabía ser clemente, delicado y protector con aquellos que, en vez de desafiarlo, imploraban su gracia. En su esencia poseía el control absoluto de su poder; era capaz de realizar las caricias más delicadas; era portador de vida; protector de los más grandes viajeros. Les acompañaba en sus largas travesías, hasta llevarlos a los lugares más recónditos de La Creación.
 
 Pocos reconocían la vastedad de su poder.
 
 Ningún lugar le era negado, había visitado el mundo al completo y todo bajo él era su dominio.
 
 Pero llegó el día en que uno de sus discípulos se presentó ante él; era el más grande y el que mejor lo conocía, primero entre sus hermanos; y le habló como si fuese su igual:
 
 –Tú que habitas por encima de cada cosa. Tú que en tu gracia y con clemencia me sostienes permitiéndome alcanzar cualquier meta, pero que te comportas cual niño malcriado causando grandes daños entre mi pueblo. Tú que posees el mayor poder que se haya jamás otorgado a un ser.
 
 Aquellas palabras lo turbaban, nadie jamás le había hablado en tales términos, y su curiosidad se despertó por primera vez, pues aquello le resultaba nuevo y desconcertante. Hasta entonces el pequeño ser siempre le había agradecido las ventajas que le había otorgado respecto a sus iguales, pues era noble, valiente y sabio.
 
 –Pero, aunque muchas son las cosas bellas que han venido de ti, demasiada es la destrucción que siembras dejándote llevar por tu grandeza. Solo para recordar a aquellos que te son inferiores, que nada ni nadie se te puede comparar. Es hora de que tu reinado termine. Deberás sacrificar parte de tu libertad, para proteger a los indefensos que sufren con demasiada regularidad tu furia.
 
 Se sintió sorprendido y enfurecido a la vez por la osadía del pequeño ser, desagradecido con todos los regalos que él le había dado, osaba desafiarlo con la intención de ponerle cadenas, limitar su voluntad, encarcelarlo. Había llegado la hora de recordarle quién era él. Lloró lágrimas de tristeza, pues durante los muchos años en que lo había acompañado, había llegado a amarlo como a un hijo, y ahora tenía que destruirlo.
 
 –Te conozco, lloras porque sabes que tengo razón y desde tu nacimiento esperabas este momento. No podrás destruirme, yo seré tu Señor y conmigo acrecerás tu poder como nunca antes has soñado.
 
 Desencadenó toda su furia sobre el engreído que se sentía capaz de hacer aquello che jamás nadie había logrado, poner un yugo a su voluntad. Su libertad era eterna, y así sería hasta el final de los tiempos.
 
 La batalla fue terrible; erradicó bosques enteros y usó las astillas de madera como lanzas contra su enemigo. Pero el ser las esquivó con elegancia y naturalidad.
 
 Arrancó una montaña, la deshizo, resquebrajándola, e intentó sepultar a su enemigo con ella. Aunque no consiguió que el minúsculo ser se introdujera por las grietas de la roca y atravesase la montaña indemne.
 
 Viajó hasta el mar, su antiguo rival, y robó enormes cantidades de agua, hasta formar la mayor tormenta que nunca antes se había visto. Incontables rayos surcaron el aire en todas direcciones; y aun así, el ser dejó que lo golpeasen, absorbiendo cada gota de energía, conteniéndola y guardándola. Su poder aumentaba con cada instante que se sucedía y nada podía hacerle, pues tal era el conocimiento que había adquirido sobre su propia naturaleza, que acababa usando los dones que él le había otorgado, para evitar su destrucción.
 
 No se rindió, no podía consentirlo y liberó todo su poder, atacando continuamente a su enemigo. En su furia, millares de seres perecieron víctimas de su arrogancia.
 
 –Es suficiente, acepta tu destino –dijo el ser con voluntad irrefutable.
 
 Agotado, incrédulo y abrumado por la devastación que en su locura había provocado sobre los que se encontraron en su camino; vio la realidad. Amaba a muchos seres de La Creación, pero cuando la furia lo poseía, su destrucción golpeaba a todos por igual.
 
 Nadie lo amaba, porque todos lo temían y él no había sido jamás capaz de contener la locura que siempre acababa por dominarlo. No era libre, solo era peligroso y estaba derrotado.
 
 Por primera vez en su existencia, habló:
 
 –Desde este día, se te conocerá como Frealyft, mi Señor. Y acataré tu voluntad para proteger a aquellos que amo. Pues yo no soy otro que Viento.
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