Sobre el Origen del Todo - La Creación

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Sobre La Creación
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Sobre el Origen del Todo
 
Al principio solo existía. Era Único. Completo. Eterno. Nada puede ser dicho de aquel periodo, pues nadie puede entender Su mente perfecta, ni imaginar Sus razones para el cambio. Lo único cierto es que antes era Él y después fueron Sus hijos, a los que se donó por completo.
Desde Su nacimiento, los gemelos, Hermano y Hermana, fueron inseparables. Juntos se completaban y se conocían a la perfección. Realizaron grandes descubrimientos. Por primera vez apareció la palabra y aquello entusiasmo a los dos. Ella eligió Kronos como nombre para Él, Hera fue el nombre que Él le regaló. Prometiéndose amor eterno, se unieron en el primer matrimonio de la existencia. El amor creció entre ambos y con él apareció el deseo. Pero Hera dudaba. Ambos Hermanos-amantes habían existido sin conocer otra cosa más que al otro, Hera deseaba que sus hijos obtuvieran un dono mayor que el de la sola existencia. Kronos no sabía del pensamiento de su mujer, pero nada podía negarle, pues la amaba más que a su propio ser. Notó como la melancolía ocupaba el puesto donde antes solo había cabida para el amor. Con tristeza preguntó a su mujer, qué es lo que le ocurría y por qué no se lo quería decir.
–­Marido mío, solo a ti te amo y solo por ti vivo, pero de nuestro amor que es deseo nacerán hijos y para ellos quiero una existencia más rica de la que nos ha sido regalada. No es mi intención herirte, pues solo contigo quiero pasar la eternidad.
Kronos rio con gusto, pues finalmente se dio cuenta de cuanto grande era su amor. Siempre había guardado en su interior la duda de que Hera lo amase porque no tenía otra elección, ya que eran iguales. Pero su miedo y sus secretos le demostraban que su hermana lo elegía libremente y le donaba su amor real. La cogió entre sus fuertes brazos y la besó; le hizo el amor como nunca antes lo había hecho y, al acabar, llegando al clímax, se donó por entero dando origen al Tiempo que desde entonces se ha movido contando, en horas, días y años, el discurrir de los eventos. Hera se quedó sorprendida y confundida al principio, pues su marido había desaparecido y todo a su alrededor era distinto. Se sintió triste en su soledad, hasta que se dio cuenta que no estaba sola. Dentro de Ella crecían sus hijos, desarrollándose lentamente con el pasar de los días. Eran el fruto de su amor y, aunque no podía abrazar a su marido, sentía su presencia constante, eso le hizo pensar en el regalo que Kronos le había realizado a su prole. Lloró al darse cuenta que su marido había actuado en respuesta a sus anhelos, donándole la oportunidad de realizar algo único para sus hijos.
Durante el tiempo que duró su embarazo, sintiendo el amor crecer en su interior, Hera imaginó la forma en la que deseaba que sus hijos crecieran y vivieran libres para realizar sus propios descubrimientos, cumplir con sus deseos y dar rienda suelta a sus voluntades.
Preparó así el que sería su Don. Deseosa de cumplir con la promesa que le había realizado a Kronos, pasar juntos la eternidad; el regalo debía ser perfecto. En él versó todo su amor, creó así un contenedor inmenso donde tendrían cabida tanto sus hijos como todo aquello que ellos pudieran originar.
El Día del Alumbramiento llegó, Hera, entre dolores, pero deseosa de contemplar por primera vez a su prole, dio a luz siete maravillosos vástagos, nacidos del amor en comunión con Kronos, cuatro niños y tres niñas de una perfección sin igual; herederos de sus padres, ellos reinarían en eterno sobre el regalo que les había preparado; completando, como no podía ser de otra forma, la obra que al inicio de su gestación había realizado su padre Kronos. Con sus hijos entre sus brazos y tras hacerles entrega de su amor incondicional, los liberó en el interior de La Creación, Don que todos ellos recibían y que, para su eterna existencia, Hera había creado usando todo aquello de su ser que no había entregado a su prole. Antes de desaparecer, mirándolos con una sonrisa llena de amor, los nombró uno a uno, dándoles el primero de los nombres que cada uno llevaría por siempre: Zosia, Orphaion, Magnus, Reya, Geoh, Nihil y Oniro.
El Tiempo y La Creación, desde entonces han estado unidos de forma indivisible, pues son el regalo de unos padres a sus hijos, fortalecido por el amor que se profesaban en matrimonio Kronos y Hera.
Hermanos y Hermanas deambularon por primera vez en la existencia. Rieron de felicidad al admirar la belleza del regalo creado por sus progenitores, pues gracias al Tiempo, existía la posibilidad del Cambio, y gracias a La Creación, se originó el Movimiento.
Durante incontables años, los jóvenes Dioses, hijos e hijas de Kronos y Hera, deambularon, juntos o por separado, descubriendo cada escondite, cada ángulo de La Creación. Poco a poco, empezaron a modificar el aspecto del reino que les había sido donado, plasmándolo según sus voluntades. Como todos ellos ardían en deseos de compartir aquello que veían de maravilloso, los Hermanos se separaron, con la misión de crear a aquellos que serían sus hijos, los elegidos que disfrutarían del regalo donado por sus padres.
Zosia se fue a los picos más altos, donde solo las nubes y las grandes aves llegan. Con la nieve más pura, los rayos que viven en las nubes y el calor del Sol, creó a los Dragones, seres majestuosos de profunda sabiduría que aman la soledad.
Orphaion se refugió en un gran acantilado, donde las ondas del océano batían rítmicamente y las aves que habían anidado entre las rocas, cantaban alegres creando una maravillosa canción de vida. El joven Dios, que amaba la música por encima de todo, usó aquella melodía junto al agua del mar y las plumas que el viento arrebató a las aves marinas para dar vida a los Ángeles. Los más bellos de entre todos los seres que habitan la creación, fuertes como las mareas, pero de carácter altivo, como las aves que están acostumbradas a volar alto, inalcanzables para los demás seres vivos.
Magnus, el Constructor, se perdió en el interior de las montañas; allí encontró la roca más resistente y dura en el profundo interior del monte más alto; con ella y la oscuridad que allí habita, dio origen a los Gigantes, seres de gran tamaño y resistencia; antes de salir, les enseñó cómo entrar en contacto con el alma de cada montaña, y cómo moldearlas para crear las construcciones más magníficas que hayan existido.
Reya, la encantadora Diosa madre, vagó durante mucho tiempo en busca del lugar donde crear a sus hijos; en el interior de un barranco excavado por un antiguo río encontró numerosas piedras cubiertas de musgo seco y ramas viejas, el río se había secado hacía muchos años. A ella no le importaba demasiado el aspecto de sus descendientes, pues los amaría por lo que habrían de ser, por aquello que guardarían en su interior. Uso las piedras del río, el musgo y los líquenes muertos, y las ramas de los arboles allí abandonados, para crear a los Enanos. En el interior de cada uno de sus hijos, colocó un trozo de metal amarillo, pues ese también se encontraba en el antiguo lecho; era un metal puro, de gran belleza y resplandor. Así, sus hijos son de aspecto poco agraciado, pero puros de corazón, resistentes a los elementos y muy determinados. Ellos amaron a su madre nada más verla y juraron que de ahí en adelante recordarían cada día que les había sido regalado por ella.
Geoh, el Señor de Todos las Creaturas, se internó hasta el corazón del mayor de los bosques, siempre que caminaba solo se veía rodeado por los animales del lugar y él, queriendo donarles mayor conciencia, los usó para crear a sus hijos, de esta forma generó a las Bestias, muy diferentes entre sí, pero unidas de forma indivisible con la naturaleza y sus elementos.
Nihil, el Guerrero, de entre todos los Dioses es el que más ama la competición, los juegos y la lucha. Por ello decidió crear a sus hijos muy numerosos y siempre listos para la batalla. Primero se fue hacia un gran bosque, al que prendió fuego y esperó a que se hubiese consumido. Con las cenizas y la madera endurecida por el calor, creó a sus predilectos, los Orcos, seres de gran fuerza y resistencia, capaces de soportar las mayores privaciones y con un gran deseo de lucha en su interior; el Guerrero les enseñó a combatir y el arte de forjar armas. Amaba a sus hijos, pero aún no estaba satisfecho; algo le faltaba a su obra, por ello los abandonó y se fue a meditar hacia las grandes llanuras, donde el grano que crecía salvaje oponiéndose al viento le hizo pensar en grandes ejércitos enfrentados en batallas. Eso le faltaba a Él y a sus hijos: un digno oponente. Aquella región estaba dividida por numerosos ríos, cargados con el agua procedente de las montañas. Usó el barro que se encontraba en la orilla del río más caudaloso y con él hizo al Hombre, lo armó con una lanza antes de enseñarle la forma de luchar y sobrevivir. Los hizo tan numerosos que se verían obligados a conquistar los territorios vecinos para perdurar. Sus nuevos hijos eran fuertes y ágiles, con el corazón lleno de coraje. Nihil se sintió por fin satisfecho y abandonó de nuevo a su segunda prole. Se sentó en lo alto de una colina y allí esperó, pues sabía que sus vástagos lo buscarían y ansiaba la llegada de aquel momento. Una mañana, el alba saludó al joven Dios que ante sí vio dos ejércitos desplegados: uno, el de sus predilectos, los Orcos, y el otro, el de los segundos nacidos, los Hombres. Nihil los recibió con los brazos abiertos, anunciándoles que eran hermanos. Después calló. Los líderes de ambos bandos se reunieron, no hubo amor ni amistad en aquel primer encuentro, sino desconfianza y rivalidad; pronto empezaron a discutir, intentando prevalecer los unos sobre los otros. Su padre que los observaba desde el alto sonrió en silencio y sin interrumpirlos. Los dos bandos pensaron que les apoyaba y la discusión fue en aumento hasta que, no pudiendo resistir más, extrajeron las armas y empezaron a combatir. Los dos ejércitos se lanzaron a la batalla bajo la atenta mirada de su padre, que sonreía de satisfacción viéndolos competir para ganar su favor. Aquella fue la primera guerra de la existencia.
Oniro, el más pequeño de los Dioses, se escondió y observó desde su reino, el mundo de los sueños, a los hijos de sus hermanas y hermanos; y los amó, del mismo modo que amaba a sus hermanos y hermanas, los amó a cada uno por las características que habían heredado de sus progenitores. Además, todos ellos nacieron con la necesidad del descanso y en ese momento entraban en su mundo, dónde podían ser libres de la voluntad de sus padres. Oniro utilizó ese sentimiento de libertad para crear a sus propios hijos, los Oníridos, seres silenciosos y observadores como su padre, siempre listos para servir y ayudar, pero con una fuerza escondida en su interior, que nace del sentimiento de libertad con el que fueron creados.
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