Sobre la Herencia del Mar - La Creación

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Sobre La Creación
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Sobre la Herencia del Mar
 
 El Emperador del Mar era el importante nombre que su padre le había dado, siendo niño, a la canoa que había construido su abuelo muchos años atrás. La historia de aquella pequeña embarcación era la historia de su familia. Orang yang terbang atas laut. El que vuela sobre el océano, era su verdadero nombre de nacimiento, el nombre que le fue donado por su abuela, como exige la tradición. Su padre, ignorante de la falta que suponía aquella acción, le puso el mismo nombre del pez vela; señor de las aguas que bañan las Islas Cambiantes; por el parecido que guardaban ambos en su perfil. Así, se quedó con el nombre de Emperador hasta el final de sus días.
 Tenía apenas tres varas de eslora, un balancín de dos tercios, una estructura hecha de troncos atados entre si con trenzas de hojas de pandanus y vela de mariposa sujeta al único mástil. Todo ello como requería la tradición. No era un gran navío, pero era veloz.
 Sayingat lo conducía ahora, guiando a la docena de naves que se internaban en altamar. Iban cargados de miedo y preocupación; esperanza, futuro y responsabilidad. Todo lo que quedaba de su pueblo estaba en esos navíos, y él era el responsable de su salvación.
 Muchos eran los que pensaban que Mendelam los había abandonado, había desaparecido y desde entonces se encontraban perdidos. Incluso las Islas Cambiantes dejaron de protegerles, murieron para no moverse más.
 <<Los males jamás vienen solos>> decía siempre su abuela, y era cierto. Los piratas habían aparecido, guiados por su rey, arrasando una por una con todas las islas, habían ido acabando con los Hijos del Mar, incapaces de poner resistencia, incapaces de comprender; solo podían escapar, y eso es lo que estaban haciendo. Sobrevivir.
 Tras la muerte de su padre, a él le esperaba la tarea ingrata de guiar a su pueblo en la derrota. Habían luchado, habían intentado oponerse a Destino; los navegantes se habían unido, y habían salido derrotados. Lo único que importaba era sobrevivir, recordar y mantener las tradiciones. Nada más.
 Él había hecho su parte, había enseñado todo lo que sabía a su hijo mayor, que ahora pilotaba el catamarán más grande, donde también viajaban su mujer y su hija. Le había enseñado a construir su propio waka y a procurarse los arpones de coral. Sayin, como lo llamaban cariñosamente, estaba satisfecho mientras oteaba el horizonte con preocupación. Llevaba toda la mañana pensando en su vida y en si había sido suficiente. Hoy, había visto a su padre morir para que ellos pudieran escapar, y seguía preguntándose si él habría sido capaz de hacer lo mismo. Pues su primer impulso cuando vio que la derrota era segura, fue huir y ponerse a salvo. Volver a Hutan a recoger lo poco que quedaba y escapar lejos.
 Llevaban dos días navegando sin parar, dos días desde la derrota, dos días sin ver a nadie. Pero Sayin sabía que estaban buscándolos. El Rey Pirata se había propuesto acabar con todos los Hijos del Mar, esclavizarlos y robarles sus secretos. Su padre había estado seguro de aquello, por eso era tan importante esconderse y sobrevivir. Antes o después la tempestad acabaría y los Hijos del Mar volverían a navegar libres bajo la atenta mirada de Mendelam. Era importante seguir creyendo. Pero para que la tradición siguiera viva, el pueblo debía sobrevivir, por eso la última mirada que cruzó con su padre no tuvo ni el menor atisbo de reproche. Él lo sabía, él comprendía. Era necesario.
 Se había adelantado al resto de naves, el Emperador era mucho más rápido que los demás, apto para avanzar y asegurarse de que el rumbo que mantenían estaba despejado. Se dirigían al otro extremo de las Islas Cambiantes, allí donde muy pocos han ido y menos han vuelto; debían desafiar los vientos, confiar en las tradiciones y encontrar un nuevo hogar.
 Se dispuso a virar su canoa, pues era hora de reunirse con el resto de las naves; cogió el cabo y tiró ligeramente del timón; el Emperador reaccionaba a la perfección, cortando las olas y escorándose durante el cambio, siempre listo a surcar el agua; cuando terminó la maniobra, cazó escota hasta que todo el aparejo se tensó llenando la vela de viento e impulsando a la canoa a su máxima velocidad. Tanto su abuela como su padre habían visto bien, aquella embarcación había nacido para volar sobre las olas; ninguna otra podía comparársele en velocidad y agilidad. Las marcas diseñadas por todo su casco, impresas a fuego, así lo testimoniaban.
 Sayin llenó sus pulmones con el aire marino, y comenzó a cantar. Era una vieja melodía que su abuela le enseñó, imploraba a los habitantes de las profundidades su protección durante las largas travesías. Él aún creía, por eso pronunció cada palabra con sentimiento y fe, seguro de que el mar no lo traicionaría. Aquella era su casa, su refugio, su vida; tal y como quería la tradición. Varios delfines, curiosos y juguetones, se acercaron al Emperador para gustarse la profunda voz del marinero solitario.
 Al acabar, el viento le trajo hasta sus oídos el lamento continuo de varias caracolas. Sayin se puso en pie y oteó el horizonte. Tras el grupo de naves en el que viajaba su familia, a barlovento, se divisaban varias velas acercándose; las dos triangulares en cabeza eran fácilmente reconocibles, pertenecían a los Hijos del Mar, embarcaciones grandes y pesadas que se usaban como trasporte; para el tamaño que tenían eran rápidas, pero menos que los bajeles extranjeros que las perseguían. Cuatro naves, todas ellas con la bandera del Rey Pirata.
 Sayin cogió su propia caracola, tranquilo. Realizó varios sonidos cortos seguidos de uno largo y potente. Dos naves del grupo viraron para unírsele cuando pasó entre los catamaranes; vio a su hijo, y lo observó a los ojos con la misma mirada que su padre le había regalado.
 Aquella era su herencia, y él se encargaría de que siguieran su destino.
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