Sobre Vencedores y Vencidos - La Creación

Vaya al Contenido

Menu Principal:

Sobre La Creación
Descarga Gratuíta
Descarga en Formato Kindle.
Descarga en Formato Epub.
Descarga en Formato PDF.
Sobre Vencedores y Vencidos
 Aún se veía en la ciudad el rastro de las celebraciones. Confetis de muchos colores inundaban las calles mojadas. Las recientes lluvias no consiguieron detener la alegría y los festejos, estos se alargaron, por decreto del rey, durante varias semanas. Todos estaban deseosos de respirar el aire de la libertad, el nacimiento de la esperanza, la gloria de la victoria. El enemigo había sido poderoso y su triunfo habría supuesto la esclavización del pueblo y el final del reino.
 Ella todo eso ya lo sabía. Pero, tras los primeros días de euforia, el miedo acabó devorando cualquier otro sentimiento. Muchos esperaron el regreso de las tropas. A ella solo le importaba él, su esposo, el padre de sus hijos, su vida.
 Los días pasaron y la tensión acumulada al no verlo aparecer le impidió continuar atendiendo sus quehaceres como si todo siguiera igual. Así, acostumbrada a resolver los problemas de forma directa, dejó a sus hijos con su madre y partió en su búsqueda. En busca de una respuesta; para bien o para mal, el tiempo de la espera había terminado.
 Trascurrió más de un mes caminando. Siguió la misma vía que usaron el rey y su ejército; preguntando en cada población y buscando en cada posada. Cruzándose con aquellos que continuaban celebrando la gran victoria; embriagados todavía de la gloria conquistada por el rey, muchos se sorprendieron de que ella no participase a la algarabía general.
A  l principio no los culpó, ellos no sabían, solo festejaban la felicidad de seguir vivos, libres. No soportaban el peso que ella llevaba en su corazón, no habían pagado el precio que ella más temía; su búsqueda era la negación de su presentimiento. Pero al estar rodeada de tanta celebración, acabó odiándolos a todos por su ignorancia.
 Y llegó al campo de batalla. El cielo cubierto de nubes grises y el viento gélido le arrebataron hasta las últimas migajas de esperanza y felicidad que todavía conservaba en su corazón. Primero sintió el olor punzante de la muerte; luego su alma se heló frente a la visión de los cuerpos fracturados, pasto de los carroñeros. Amigos y enemigos, unidos al final en un injusto destino. Ocupaban todo el valle y las colinas de los alrededores. Piras funerarias ardían día y noche, intentando cancelar el precio pagado. Pasó cuatro días buscando en medio del hedor, con los pies hundidos en el fango que se había formado con la sangre derramada. Cuatro días de agonía en busca de la respuesta final, el cadáver de su vida. Cuatro días llorando por lo que jamás volvería a tener.
 No fue la única, otras almas vagaban en aquel mundo de muerte. Nada sirvió, ni el consuelo que le ofrecieron unidas en su dolor, ni las palabras de aquellos que levantaban las piras de los héroes. Así lo llamaron, eso le dijeron que era. Un Héroe.
 Era mentira. Una falsedad de ese maldito rey que se lo había arrebatado. Ella lo conocía, más que nadie en este mundo, más que a ella misma. Era un padre afectuoso, un marido considerado, un amigo fiel, un hijo orgulloso, un hombre libre; pero nunca, nunca un héroe.
 Al diablo el rey y su llamada. Al diablo los hombres y su honor. De que le servirían a ella la gloria, el respeto, el recuerdo o la leyenda cuando tuviese que afrontar a sus hijos para decirles que todo había cambiado.
 Por alguna estúpida razón, el hecho de que todo aquello hubiese ocurrido propio en el día de su aniversario, le parecía la mayor afrenta de todas las posibles. Se había esforzado tanto para encontrar el regalo perfecto, para conseguirlo y pagarlo ahorrando en secreto durante tanto tiempo. Y él se marchó sin dudar ni un instante. Acudió a la llamada de su rey. Era su deber, le dijo.
 Al diablo el deber. Al diablo también su amor, ella le entregó su corazón, y él eligió acudir a la llamada del rey, condenándola.
 El camino de vuelta fue aún más penoso si cabe. Ni siquiera al no haber encontrado su cuerpo pudo renacer una mínima esperanza. Esa ya no encontraba cabida en su corazón. Demasiada muerte, demasiadas vidas corrompidas; sangre y cuervos se entremezclaban en su memoria con las miradas vacías de aquellos a los que nadie reclamó y solo ella fue testigo de su final.
 La gente seguía aclamando y llorando a sus héroes. ¿Por qué? Los héroes son cobardes, la muerte les libera del peso de sus responsabilidades. Ella no tuvo elección; dónde está esa libertad conquistada en batalla. Dónde la gloria cosechada con la victoria. Su alma se había quedado impregnada con el olor nauseabundo de la derrota. Su corazón estaba vacío, inútil.
 El sol se ocultaba por el horizonte cuando llegó al camino que llevaba a su casa. Allí la esperaban aquellos que felices desconocían la realidad. Ella debía afrontarlos. Nada sería igual.
 No sabía si estaba llorando, la lluvia le golpeaba la cara ocultando sus lágrimas, si es que alguna le quedaba. Había luz en el interior. Su madre estaría despierta, quizá también su hermana. Más ignorantes. Ella les llevaba la oscuridad.
 No quería entrar, pero sus piernas no la obedecieron y siguió caminando; mientras, la noche creció envolviéndola con su manto oscuro. Pasó al lado de las mecedoras que habían construido juntos, una quedaría vacía para siempre, ella sola se sentaría a la sombra mientras sus hijos crecían antes de abandonarla a la larga espera. No tenía futuro, no tenía escapatoria. Era su deber.
 Abrió la puerta de entrada, el calor y la luz de la chimenea le golpearon con suavidad sobre la cara mojada, triste recuerdo de una feliz bienvenida. La habitación estaba vacía, solo se escuchaba el crepitar del fuego. Sobre la mesa, abandonado, estaba el candil encendido de su esposo; a su lado, el papel rojo, su color favorito, y el cordel dorado con los que había envuelto el regalo de aniversario. El libro estaba abierto a mitad.
 Ella volvió a nacer.
Página web realizada por Alberto Juan Pessenda García.
Todos los derechos están reservados 2017.
Regreso al contenido | Regreso al menu principal